Historia

LA IGLESIA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS EN SANTA CRUZ DE TENERIFE

    El templo parroquial de San Francisco de Asís de Santa Cruz de Tenerife, situado en la plaza del mismo nombre y junto a la calle de Villalba Hervás, fue en otro tiempo iglesia del extinguido convento franciscano de San Pedro de Alcántara, fundado en 1677 por el obispo don Bartolomé García Jiménez. Clausurada la Casa franciscana en 1823, a causa de la desamortización, nuevamente San Francisco abre sus puertas a los fieles católicos en 1848, ahora como Auxiliar de Parroquia para lo cual se hace trasladar el Santísimo Sacramento desde la iglesia de Ntra. Sra. del Pilar. Posteriormente, el 28 de julio de 1869 fue designada nueva parroquia por el obispo de Canarias, don José María de Urquinaona.

    El origen de San Francisco lo hallamos en la ermita de la Soledad, cedida a los frailes franciscanos por su fundador Tomás de Castro Ayala, que sirvió durante un tiempo de iglesia conventual. Algo después, se comienza a vislumbrar la señal inequívoca de cierta prosperidad, la cual se hace patente en trabajos de importancia encaminados a lograr el gran templo que es el sueño que habían perseguido los frailes desde la fundación. De este modo, de 1690 a 1695 se labran 26 sillas de madera de cedro y ébano y tres barandillas destinadas al coro. Entre 1705 y 1710 se fabrica una torre de cantería siguiendo los planos de José Pérez, fraile residente en el convento, y se colocan en ella tres campanas. Este mismo religioso ejecuta las trazas de la capilla mayor que no se concluye hasta 1715.

    Iglesia y convento lindaban por el norte con la importante huerta conventual, que comenzó siendo un reducido solar incluido en la donación de Tomás de Castro Ayala pero que pronto vio aumentar sus dimensiones por el ofrecimiento del terreno que hizo Inés de Armas a la iglesia de los Remedios de La Laguna y que, a su vez, el obispo don Lucas Conejero regala a la comunidad franciscana de Santa Cruz, a cambio de una obligación de misas rezadas. Fue así como surgió una huerta de importantes dimensiones que conforman hoy la superficie ocupada por la popular plaza santacrucera del Príncipe. En aquel momento este espacio disponía de un caudal de agua no menos importante para su mantenimiento, aprobado por unas datas del 9 de febrero de 1709 y unas obras posteriores que canalizaron hasta ella el preciado elemento.

       Pero la fábrica de la iglesia conventual recibió su mejor impulso con la inestimable aportación del obispo don Lucas Conejero quien, deseoso de vivir en Santa Cruz de Tenerife, había elegido el convento franciscano de San Pedro de Alcántara como su morada entre 1718 y 1721. Durante esta estancia de seis años la presencia del obispo dio excelentes frutos en la fábrica franciscana, lo cual significó mejoras de mucha importancia como pudieran ser la compra del órgano, o la conclusión definitiva del altar mayor, que aumenta en altura y completa el cierre de su techumbre. Además, se dora el magnífico retablo que cierra la cabecera de la nave y se pavimenta la capilla mayor con losas de piedra traídas desde Gran Canaria. También en este momento finaliza la que se denominó celda del obispo, con su corredor y escalera que permitían el acceso directo al coro del templo.

    En 1721, Esteban Porlier ya había fabricado la denominada capilla de San Luís. Su hijo, Juan Antonio Porlier, cedió los derechos de este espacio a la nación gala, lo cual dio lugar a serias reclamaciones entre los que decían ostentar ciertos derechos sobre la propiedad de la referida capilla.

    Sin embargo, volviendo a la evolución del edificio, todas estas actuaciones de mejora habidas en San Francisco no habían repercutido hasta ahora en su aspecto primero de iglesia de una sola nave, heredado sin duda de la primitiva ermita de la Virgen de la Soledad. La segunda mitad del siglo XVIII fue verdaderamente la época de las profundas transformaciones ocurridas en la estructura principal de San Francisco. Así, entre 1760 y 1762 se fabricó la nave del Evangelio, entre 1755 y 1778, la del lado de la Epístola. La puerta de cantería del acceso principal es obra realizada en 1777.

       Los últimos trabajos se completaron con la recomposición y nuevo dorado del retablo mayor, la nueva pavimentación en mármol de las naves, la adquisición de un órgano nuevo en 1781 y la fábrica de la torre.

       En su aspecto externo debe destacarse el magnífico diseño de su fachada barroca, sorprende en ella la cantería de la puerta principal de acceso. Dos colosales columnas salomónicas, labradas en una sola pieza, enmarcan y dignifican la entrada al templo Una equilibrada escalinata, que salva el desnivel con la plaza contigua, confiere al conjunto una elegante armonía. Por encima de los muros y las techumbres, la espectacularidad de su torre, desprovista hoy en día de la magnífica balconada que la rodeaba, sigue siendo un elemento distintivo de la ciudad con su cúpula cubierta de azulejos esmaltados y un buen numero de campanas, inusual para una torre conventual donde la norma permitía sólo una, lo que en su momento causó ciertos problemas con la parroquia, pues aunque desde un principio San Pedro de Alcántara contó con varias campanas, la nueva torre y su elevada estructura, que sobresalía entonces muy por encima de los tejados de la población, las hicieron más perceptibles desde todos los flancos de la ciudad. Al final de un largo proceso, Roma autoriza a los franciscanos de Santa Cruz a emplazar en su torre cuantas campanas deseasen.

      Se ha dicho anteriormente que el convento desaparece como tal con la exclaustración, pero la magnífica iglesia se ha conservado hasta nuestros días con algunos cambios relacionados con las advocaciones y el ornato de sus capillas y retablos.

      Sus tres espaciosas naves, sus arcos de medio punto, sus columnas toscanas, sus llamativos murales y sus armaduras de sabor mudejar, acogen diversos e interesantes ejemplos de imaginería y obra pictórica. Destacamos una hermosa Purísima sevillana de alabastro, una excelente imagen de vestir de San José, la interesante talla de la Virgen de la Consolación que procede del desaparecido convento dominico de Santa Cruz, sito en el solar que hoy ocupa el Teatro Guimerá; un animado Nacimiento instalado en un retablo, cuyo frente se cierra a modo de telón por un lienzo enmarcado que representa a San Francisco recibiendo el Niño Jesús que le ofrece la Virgen María, el Santo Cristo de la Buena Muerte, el conjunto denominado El Sueño de San José, un tema escultórico nada frecuente en imaginería; la imagen titular de San Francisco de Asís, en una hornacina lateral del retablo mayor, que es un trabajo de gran expresividad realizado en talleres cubanos y, por último, la efigie del Señor de las Tribulaciones por la que Santa Cruz de Tenerife siente un aprecio y devoción especiales. Una custodia barroca, de taller lagunero, correspondiente al siglo XVIII, es su mejor ejemplo en cuanto a orfebrería. Por último, los frescos en grisalla del presbiterio y los temas que cubren las armaduras de la capilla mayor son, con el camarín de la Inmaculada Concepción y su profusión de pinturas sobre madera, unos deliciosos espacios que merece la pena destacar en el conjunto de la iglesia franciscana.

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       Situada en el corazón de Santa Cruz de Tenerife, la iglesia de San Francisco de Asís constituye un monumento de gran valor artístico que, por su antigüedad, necesita de unos cuidados y de unas restauraciones adecuadas que contribuyan a su mantenimiento. De aquella primitiva ermita de la Soledad, que acoge a los primeros franciscanos, hasta llegar al templo actual, se ha producido una elaborada transformación a lo largo de varios siglos. Hoy, en lo más alto del retablo mayor, un antiguo relieve que representa la Virgen de la Soledad recuerda quizá los orígenes de este conjunto y las dificultades de los primeros años de andadura de la orden franciscana en la ciudad.

José Javier Hernández García