Frescos

LAS PINTURAS AL FRESCO DE LA CAPILLA MAYOR DE LA IGLESIA DE SAN FRANCISCO DE ASÍS

    Un distendido caminar, un día cualquiera, por el interior de la iglesia de San Francisco de Asís de la capital tinerfeña nos invita a recorrer el acogedor espacio de sus tres naves, a disfrutar del silencio entre bellas arquerías de piedra roja, de sus artesonados y sus retablos. Pero, en un determinado momento, la vista se detendrá ante la presencia inevitable de un interesante conjunto de frescos los cuales, aunque exhibiendo un alto grado de pérdidas, repintes y deterioro general -algunos han sido restaurados-, no ocultan la importancia que este tipo de decoración tuvo para los rectores de la que fuera iglesia conventual franciscana. Los frescos de San Francisco de Asís son un legado de siglos que merecen ser tenidos en cuenta.

    En efecto, el templo debió de contar en otra época con la más bellos ejemplos de pintura mural de las Islas. Hoy, relegados a importantes espacios del templo parroquial, aún pueden ser admirados a pesar de la penosa situación en que se hallan en su mayor parte. El paso del tiempo y la constante humedad que invade las zonas bajas y altas de los muros han precipitado la destrucción de los mismos, y ha sido esta la causa primera de su merma progresiva.

Cuadro de Ánimas de Rafael Henríquez

Cuadro de Ánimas de Rafael Henríquez

    Estas pinturas murales que abarcaban la totalidad de los muros y de los arcos fueron ejecutadas hacia la segunda mitad del siglo XVIII, y es lícito suponer que se debieran al buen hacer y supervisión de un pintor de la época, Rafael Henríquez, del cual sólo se halla documentado, de momento, el magnífico Cuadro de Animas que guarda la capilla del Santísimo en la nave del Evangelio. El que fuera conocido como “maestro del arte de pintar” debió de trabajar con la estimada ayuda de su hijastro, Pedro Murga, a la hora de plasmar estos admirables frescos, y, entre uno y otro, diseñaron y decoraron, con bastante probabilidad, los espacios que dejan libres los retablos de esta iglesia que fuera, en otro tiempo, lugar principal de culto del convento de San Pedro de Alcántara. Hoy en día, como indicábamos anteriormente, gran parte de este tesoro pictórico ha desaparecido o se encuentra bajo la cal de las paredes, cuando no presenta un apreciable mal estado de conservación. Sin embargo, tras ese deslustre general, no es difícil calcular la magnificencia y la elegancia de los temas tratados y la manera en la que fueron concebidos. Son muchos los visitantes que a diario admiran los restos de un conjunto no siempre bien valorado por las instituciones y que, de alguna manera, luchan por su permanencia tan complicada a lo largo de los siglos.

    En esa brevedad que exige este espacio quisiera dedicar las páginas que se me adjudican para destacar una parte de estas deliciosas joyas del arte pictórico en las cuales abundan tanto escenas religiosas como simulaciones arquitectónicas, tan del gusto del arte de todos los tiempos. Es decir, dejamos de describir las pinturas de los arcos, de los muros maestros que cierran las naves; y las magníficas tablas muy del gusto portugués que, con el tema de la coronación de la Virgen María, ocupan la techumbre del presbiterio; para ceñirnos en la visión que ofrecen los atractivos frescos que decoran las paredes del presbiterio, y enmarcan con sus historias, como un telón de boca teatral, el lugar donde se celebra la gran escena litúrgica, en el lugar donde destacan, por encima de todo, el expositor dorado del altar mayor y el fastuoso retablo rococó que cierra la cabecera del templo, y sirve de pedestal a la franciscana iconografía de la Virgen Inmaculada.

    Estas pinturas ocupan la totalidad de las paredes del presbiterio y muestran además motivos arquitectónicos de gran efecto, al modo denominado trompe l ‘oeil, que es la forma en la que tanto artistas como historiadoras denominan esas composiciones que tratan de imitar, de forma muy realista, los elementos que son propios de la construcción civil o religiosa. Emplazadas a ambos lados, estas simulaciones pictóricas en grisalla de tonos grises azulados, imitan relieves escultóricos o recrean espacios arquitectónicos. En la parroquia de San Francisco estos frescos han servido para enmarcar entre columnas, balaustres y simulación de carácter vegetal dos grandes e importantes lienzos al óleo, situados uno a cada lado, que representan a los obispos Lucas Conejero de Molina y Bartolomé García Ximénez, dos personajes de importancia notable para el desarrollo y cuidado de este templo del centro histórico de Santa Cruz de Tenerife, donde los chicharreros acuden hoy para rezar junto a la imagen del Cristo de las Tribulaciones, el llamado Señor de Santa Cruz.

    Así es, cuando se comenta el interior de esta iglesia exconventual que hoy llamamos iglesia de San Francisco, no pueden quedar sin mención las figuras de los dos obispos, Conejero de Molina y García Ximénez, dos figuras de la Iglesia insular que fueron fundamentales en la configuración definitiva del convento y su historia, que es también la historia de la ciudad a la cual sirvió hasta su exclaustración y cierre definitivo.

BartolomeGarciaXimenezBartolomé García Ximénez LucasConejerodeMolinaLucas Conejero de Molina

    Aparte de otras consideraciones, en las que no olvidaremos citar la figura del mentor o alma mater de estas pinturas del presbiterio franciscano que paso a describir. Me refiero al Provincial de la Orden en Canarias, Antonio Delgado Sol. El repertorio mural que se desarrolla a ambos lados de la capilla mayor narra cuatro escenas del Antiguo Testamento que merece la pena reconsiderar, pues estoy seguro que no han sido escogidas al azar, ni una decisión de última hora fue lo que indicó que se plasmaran sobre los muros. De una forma deliberada y bien estudiada, fueron ideadas para este espacio tan significativo del interior de la iglesia. Si observamos con detenimiento lo que expresan, lo qué narran, qué punto en común encierran estas cuatro representaciones bíblicas, tarde o temprano llegaremos a la conclusión de que todas relatan escenas independientes, que son en sí mismas prefiguraciones eucarísticas. Estamos entonces frente al arte, en este caso pictórico, utilizado como puente entre lo Antiguo y lo Nuevo, es, por decirlo de otro modo, una sucesión de historias distintas que conforman el anticipo o el anuncio del cristianismo lo que el artista ha querido resaltar y describir aquí, narraciones entresacadas del más Grande de los Libros, escritas siglos antes del nacimiento de Cristo, Nuestro Señor y Redentor.

    En la pared derecha del presbiterio encontramos en su parte superior la narración tomada del capítulo décimo tercero del Libro de los Números. Moisés, por mandato divino, envía a explorar la tierra de Canaán a un miembro de cada una de las doce tribus de Israel. Al llegar la expedición al fértil valle del Escol, cortaron un sarmiento con racimos de uvas, que trajeron dos en un palo, junto con granadas e higos. El autor de los frescos representa la escena con realismo y fidelidad a la historia, situando los dos personajes en el camino de regreso al campamento hebreo, portando un enorme racimo del fruto de la parra. Hasta aquí lo que nos cuenta la Biblia, pero ahondando algo más alcanzamos a descubrir en esa incursión al valle del Escol un sentido alegórico en esta secuencia que nos acerca a la auténtica fertilidad de la Tierra Prometida por el Señor, en este caso equiparable también a la fertilidad espiritual del Sacramento. Todo parece encerrar un valor prefigurativo de la Eucaristía, por cuanto describe como elemento primordial el abundante fruto que dará lugar a una de sus especies: el vino.

    En el plano inferior, se describe el Encuentro de Abraham con Melquisedec, un hecho que tiene un profundo significado religioso de alcance ecuménico. Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, percibe la acción de Dios a favor de Abraham. Le ofrece pan y vino como gesto de hospitalidad y le bendice diciendo: ¡Bendito seas Abraham del Dios Altísimo, creador del cielo y de la tierra, y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos! (14, 19). El sacerdocio nuevo de Cristo según el orden de Melquisedec (Sal 110) tendrá en él su precedente: No quisiste sacrificios ni holocaustos … Heme aquí que vengo para hacer tu voluntad (Hb 10,5-7).

    En el lado izquierdo se contempla, en lo alto, el Sacrificio de Isaac. ¿Por qué el pintor eligió este tema? Pues seguramente porque la escena bíblica con su implícito dramatismo es también memoria o anticipo del sacrificio de Cristo. Con el episodio representado en este fresco Dios quiere hacernos ver cuánto le cuesta entregarnos a su Hijo amado para rescatarnos del pecado. Isaac cargó sobre sí los maderos que habrían de servir para su propio sacrificio, igual que Jesús por la vía Dolorosa. Fijémonos en la pregunta de Isaac: ¿dónde está el cordero para el sacrificio’? Y el padre contesta: Dios proveerá. ¿Cuándo proveyó Dios el verdadero Cordero? ¿Quién era ese cordero sino Jesús? ¿Y cuál es el altar donde se ofrece? El altar es la Cruz, pero el sacrificio de la Cruz se perpetúa en el tiempo, es decir, se actualiza, cada vez que celebramos la Santa Misa.

    En la secuencia inferior desarrollada en este lado del Evangelio hallamos a otros dos personajes del Antiguo Testamento: David y Ajimelec. Este último fue sacerdote de la ciudad de Nob en tiempos de Saúl y David. Su nombre en hebreo significa “mi hermano es rey”. Pero hagamos hincapié en la escena que aquí se representa: es el momento preciso en que David pide al sacerdote Ajimelec panes para alimentar a su gente. David afirmó que venía en misión especial encomendada por el rey Saúl. Entonces, a falta de otra cosa, y queriendo ser complaciente, Ajimelec le ofreció algo inusual, le ofreció los panes de la proposición que eran considerados sagrados. A continuación -nos relata la Biblia- exigió David al sacerdote que le entregase la espada de Goliat que se hallaba colocada en el templo como un trofeo sagrado. Este episodio ha sido representado frecuentemente en el arte, tanto en escultura como en pintura. Un ejemplo puede verse en los relieves en bronce del Transparente de la catedral de Toledo.

    El episodio de los panes es recordado por Jesús en el Evangelio para promover la versatilidad y el amor al prójimo en contra del legalismo y frialdad de los fariseos, aunque Jesús refiere el hecho al hijo de Ajimelec, Abiatar.

    Nuevamente aquí se representa al sacerdote que ofrece a David el Pan Sagrado que ha de salvar a su gente hambrienta, el pan como símbolo claro de la Eucaristía, el poderoso manjar del espíritu, el sacramento instituido por Jesucristo antes de su pasión, el camino seguro que nos lleva a Dios.

Fresco Uvas de DavidUvas del valle Escol Fresco del encuentro de Abraham con MelquisedecAbraham y Melquisedec Fresco del Sacrificio de IsaacSacrificio de Isaac David y AjimelecDavid y Ajimelec

    Estamos entonces ante cuatro escenas principales representadas en torno al altar, que es real, en el cual el sacerdote revive cada día los momentos pasados por Jesús y sus compañeros en la Ultima Cena. Aquí, en esta zona del presbiterio, se renueva el sacrificio del Calvario, consagrándose el pan y el vino. Por eso nos ha parecido interesante en este Año Sacerdotal que celebra la Iglesia describir brevemente estas pinturas tan llenas de símbolos y alegorías que pueden pasar desapercibidas para quienes sentados en los bancos de la iglesia no alcanzan a distinguir con claridad el contenido catequético de las mismas.

    El Año Sacerdotal representa una importante ocasión para mirar la obra del Señor que “en la noche que fue entregado” (1 Co 11,23) quiso instituir el sacerdocio ministerial, uniéndolo inseparablemente a la Eucaristía, cumbre y fuente de vida para toda la Iglesia. Los frescos del presbiterio de San Francisco de Asís, pese a su antigüedad y deterioro, ayudan a valorar y entender la celebración que vive la Iglesia y descubrir, fijándonos atentamente en ellos, también la importancia y belleza del Sacerdocio, que es capaz de ponerse en las manos de Dios para convertirse en instrumentos de salvación.

José Javier Hernández García. 2009-10



Los frescos de los arcos de las naves


EXTRACTO DEL INFORME SOBRE EL ESTADO DE CONSERVACIÓN DE LAS PINTURAS MURALES.

    Las pinturas murales fueron realizadas durante la segúnda mitad del siglo XVIII y se atribuyen a Rafael Henríquez. Recubrieron en un principio la totalidad de los muros y, aunque seguramente todavía existen restos importantes o completos bajo las capas de cal, en la actualidad las zonas principales donde aparecen son los muros del presbiterio y sobre los arcos que separan las naves de las capillas.

    Sobre el arco mayor se muestra el tema principal: la representación del dogma de La Inmaculada, donde diversas figuras flanquean a La Concepción mientras aparecen en los laterales el Sol, la luna, inscripciones sobre este misterio defendido por los franciscanos y los escudos de la orden y de España. El estado de conservación es igualmente deficiente, observándose pequeños faltantes de mortero en toda la superficie.

    Las pinturas de las capillas mayores de las naves laterales representan el tránsito de San Francisco (en el lado de la epístola) y el entierro de Cristo (lado del evangelio).

Fresco del Entierro de Jesús en la nave del Evangelio El Entierro de Cristo Freso del arco mayor La Inmaculada Concepción Tránsito de San Francisco Tránsito de San Francisco
Lorenzo Mateo Castañeyra.

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